Hay algo que hace única a la afición de la Selección Española. No es solo el canto del himno, ni el rugido tras un gol, ni siquiera las victorias que han marcado generaciones. Es la forma de sentir, de vivir y de representar a España desde la grada. 

Porque cuando juega la selección, no juega un club, no juega una ciudad, no juega una rivalidad: juega un país entero. Y esa unión también se expresa a través de cómo nos presentamos ante el mundo.

Disfrazarse con motivos típicos españoles en las gradas no es una simple cuestión estética; es una declaración de identidad colectiva. Es entender que la selección representa algo superior a cualquier escudo local. 

La camiseta de un club simboliza pasión, pertenencia y tradición, pero la camiseta —o el disfraz— de España representa algo todavía más grande: la unión de millones de corazones bajo unos mismos colores. Por eso, cada vez cobra más importancia recuperar y potenciar esa esencia festiva, cultural y auténticamente española que siempre ha distinguido a nuestras gradas.

Desde el nacimiento en 2010 de Locos por España, comenzó a consolidarse una filosofía clara: convertir la grada española en un espectáculo visual y humano que transmitiera alegría, respeto y orgullo nacional. 

Aquella generación entendió que animar a España era también representar la cultura del país, sus tradiciones y su carácter abierto. No se trataba solo de animar, sino de proyectar al mundo quiénes somos.

Históricamente, las gradas de España se han caracterizado por su alegría contagiosa, su carisma natural y el extraordinario ambiente de convivencia entre aficionados. Allí no existen diferencias; solo abrazos entre desconocidos unidos por un gol. En ese camino han brillado figuras que ya forman parte de la memoria colectiva del fútbol español. 

Personajes como Tonino y sus pelucas, auténticos símbolos del colorido nacional, o los Toreros de Cantabria, que con sus altavoces llenaron de música y energía las calles de Europa y del mundo allá donde jugaba España.

Junto a ellos, pioneros irrepetibles como Celio Cuenca “El del Caballo”, demostraron mucho antes de que existieran las redes sociales que la afición española tenía un carisma especial. Entre monteras, capas y banderas, y a hombros de la galopante Jimena, llevaron la imagen de España por todos los rincones futbolísticos del planeta. Ellos no solo animaban; construían una identidad visual reconocible, alegre y profundamente española.

La presencia femenina también ha sido fundamental en esta historia. La mantilla rojigualda de Nieves, acompañada por el sonido inconfundible de sus castañuelas, simboliza la elegancia y la tradición dentro del espectáculo de la grada. Y cómo olvidar a las chicas que año tras año forman la palabra ESPAÑA con disfraces coordinados, convirtiéndose en un icono visual que refleja creatividad, compromiso y pasión compartida.

En los últimos años ha emergido además una figura que representa la evolución natural de esta tradición: Baruke, el “Goku español”. Un personaje que trasciende lo anecdótico para convertirse en símbolo del espectáculo y del buen ambiente. Sus malabares con el balón, sus celebraciones rodeado de copas y su entrega absoluta al personaje captan la atención de cámaras y aficionados internacionales. 

Sin que muchas veces seamos conscientes, estas imágenes transmiten al mundo una idea poderosa: la afición española celebra el fútbol desde la alegría, nunca desde la confrontación.

La propia Real Federación Española de Fútbol es plenamente consciente del valor de esta identidad. Sus redes sociales reflejan con orgullo el sonido de bombos y trompetas, mostrando una afición única tanto en lo musical como en lo visual. 

Quedará para la historia aquella publicación oficial de la Selección Española de Fútbol con un simple mensaje —“Ha vuelto”— acompañando la imagen de Celio Cuenca cabalgando con Jimena frente al Allianz Arena de Múnich antes de la final de la Liga de las Naciones. No hacía falta más explicación: volvía una forma de animar que representa la esencia de España.

Hoy, cada vez son más los trajes de flamenca, los toreros, las pelucas rojigualdas y los disfraces tradicionales que llenan nuestras gradas. Y, poco a poco, menos camisetas de clubes. No se trata de prohibir ni de excluir, sino de comprender el momento y el lugar. 

Puedes llevar una bandera de España con el escudo de tu equipo o el nombre de tu pueblo, porque todos forman parte del país que representamos. Pero la camiseta de tu club tiene 38 jornadas al año para lucirse con orgullo en su estadio.

Cuando juega España, la grada también juega su partido. Y ese partido consiste en demostrar al mundo que somos una afición alegre, creativa y orgullosa de su cultura. La Furia Española debe caminar en esa dirección: recuperar la identidad común, reforzar el sentimiento colectivo y convertir cada estadio en una fiesta reconocible, auténtica y profundamente española.

Porque al final, animar a la selección no es solo apoyar a once jugadores. Es representar a todo un país. Y España, cuando anima unida, también se viste para la ocasión.