Hay historias que comienzan mucho antes de que uno sea consciente de hasta dónde le llevará una pasión. La de Bernat Segarra, Bernat para sus compañeros de Furia, Segarra para muchos y Berni para los más cercanos, comenzó en La Salzadella, en Castellón, delante de un televisor durante la Eurocopa de Portugal de 2004, cuando siendo todavía un niño veía los partidos de España junto a sus amigos o su familia y pensaba que algún día le gustaría estar sentado en un estadio, rodeado de aficionados, viendo a la Selección en directo. Lo que entonces parecía un sueño lejano acabaría convirtiéndose, casi dos décadas después, en una forma de vida que le ha llevado a recorrer miles de kilómetros detrás de España y a vivir algunos de los momentos más importantes de su historia reciente.

El primer capítulo de aquella aventura llegó en el Mundial de Qatar 2022. Bernat tuvo que esperar muchos años para cumplir aquel deseo de infancia, pero cuando finalmente llegó el momento no pudo hacerlo de una manera más especial: su primer partido de España en un estadio fue un Mundial y, además, un España-Costa Rica que terminó con un espectacular 7-0. Aquella experiencia supuso un punto de inflexión, porque después de sentir por primera vez lo que significaba estar allí, dentro del estadio, la Selección dejó de ser únicamente aquello que veía a través de una pantalla y comenzó a convertirse en algo que quería vivir cada vez más de cerca.

Desde entonces, los kilómetros empezaron a acumularse y también las historias. Bernat ya suma 14 partidos de España en directo, una cifra que probablemente siga creciendo, pero más importante que el número es todo lo que hay detrás de cada uno de ellos. Qatar 2022 supuso su primera gran aventura siguiendo a la Selección, la Eurocopa de 2024 le regaló uno de esos viajes impulsivos que solamente se entienden cuando existe una pasión tan grande y el Mundial de 2026 terminó llevándole hasta Estados Unidos, donde pudo vivir toda la fase final y compartir por primera vez una Copa del Mundo con Furia Española.

La historia de su viaje a Múnich para las semifinales de la Eurocopa de 2024 demuestra perfectamente esa manera de vivir la Selección. Después de ver en el bar que gestionaba los cuartos de final entre España y Alemania, Bernat estaba recogiendo cuando, casi por curiosidad, decidió mirar cuándo se disputaba la semifinal contra Francia. Descubrió que era el martes 9 de julio, precisamente un día en el que normalmente cerraba el local, entró en una web de entradas y comprobó que los precios eran relativamente buenos. Después llegaron los vuelos, el hotel y, prácticamente sin tiempo para pensárselo, la decisión estaba tomada. Lo siguiente fue preparar un cartel anunciando que el establecimiento permanecería cerrado durante unos días por «asuntos personales» y poner rumbo a Múnich. Porque hay ocasiones en las que la pasión no necesita demasiadas explicaciones: simplemente aparece una oportunidad y decides aprovecharla.

Pero si aquel viaje fue una pequeña locura, el Mundial de 2026 llevó esa manera de vivir el fútbol a otra dimensión. Fue el primer Mundial que Bernat disfrutó junto a Furia Española y, además, terminó viviendo toda la fase final de la Selección por tierras americanas. Entre los muchos recuerdos que se llevó de aquel campeonato destaca especialmente la aventura para llegar a Los Ángeles para los cuartos de final, un recorrido que comenzó en Dallas, continuó en Denver, tuvo una parada en Las Vegas y terminó con una furgoneta atravesando las carreteras estadounidenses rumbo a California.

En medio del trayecto todavía hubo tiempo para detenerse a comer en un auténtico diner americano de los años sesenta que Bernat ya conocía de su anterior paso por la Ruta 66, antes de continuar hacia Los Ángeles con el reloj apretando cada vez más. El objetivo era llegar a Casa España para un acto relacionado con la Selección y, como suele ocurrir en las grandes aventuras, terminaron llegando «más justos imposible». Pero probablemente sean precisamente esos momentos de incertidumbre, esos kilómetros recorridos con amigos y esas historias que aparecen cuando todo parece complicarse los que terminan convirtiendo un viaje en un recuerdo para toda la vida.

Y si existe un lugar que ocupa un espacio especial en la memoria de Bernat, ese es el MetLife Stadium de Nueva York. Allí vivió la final del Mundial de 2026, el partido que terminó convirtiéndose en el momento más emocionante de toda su historia con la Selección. No fue solamente una final del mundo vista desde las gradas, sino la culminación de un camino que había comenzado muchos años atrás delante de un televisor viendo la Eurocopa de Portugal. Aquel niño que soñaba con ver algún día a España en directo terminó viviendo una final mundialista en primera persona y, además, haciéndolo rodeado de otros miembros de Furia Española.

La intensidad con la que vivió aquella tarde fue absoluta. Gritó, cantó y animó hasta quedarse prácticamente sin voz, hasta el punto de pasar los días posteriores con la garganta resentida. Pero hay momentos en los que quedarse sin voz no es un problema, sino la consecuencia inevitable de haberlo dado todo. Y para Bernat, aquella final pertenece precisamente a esa categoría de recuerdos que no necesitan explicación, porque hay partidos que se ven y partidos que se viven, y aquella tarde en el MetLife fue de los que se quedan para siempre.

Cuando se le pregunta por sus jugadores favoritos de la historia de España, Bernat tampoco puede quedarse con uno solo. Iker Casillas, David Villa, Carles Puyol, Sergio Ramos y Andrés Iniesta forman su particular generación dorada, aquellos jugadores que marcaron su adolescencia y que consiguieron algo que parecía imposible: conquistar dos Eurocopas y un Mundial de manera consecutiva. Fueron los futbolistas con los que aprendió a disfrutar de España y los protagonistas de una etapa que dejó una huella profunda en toda una generación de aficionados.

Sin embargo, si hay algo que Bernat considera todavía más importante que los jugadores o los resultados es la gente que ha encontrado por el camino. Su llegada a Furia Española fue posible gracias a un socio al que conoció casi por casualidad en la comunidad de un influencer de fútbol. Comenzaron hablando de los equipos de sus pueblos, descubrieron que ambos eran de la misma provincia y, mientras compartían experiencias relacionadas con el fútbol, terminaron hablando de España. Bernat confesó que quería empezar a acudir a más partidos y torneos de la Selección y entonces apareció Furia Española. La oportunidad estaba delante de él y decidió entrar de cabeza.

Con el tiempo descubrió que Furia significaba mucho más de lo que inicialmente podía imaginar. Para él, formar parte de esta familia supone vivir el fútbol y a la Selección de una manera diferente, pero lo que más valora no son únicamente las entradas o la posibilidad de estar presente en los partidos, sino todas las personas que ha tenido la oportunidad de conocer. Gente de todos los rincones de España e incluso aficionados que viven en diferentes partes del mundo, unidos por una misma pasión y capaces de convertir un viaje para ver un partido en una experiencia compartida que trasciende completamente el resultado de los noventa minutos.

Eso es precisamente lo que siente cuando mira alrededor y contempla la grada de Furia Española. Alegría. Alegría por ver a tantos españoles juntos, cantando, animando y apoyando a la Selección, dejando durante esos momentos a un lado las rivalidades de los clubes, las diferencias y cualquier otro motivo de separación para remar todos en una misma dirección. Para Bernat, esa imagen de unión tiene una fuerza especial y le lleva incluso a pensar hasta dónde podría llegar España si esa capacidad de caminar juntos pudiera trasladarse a muchos otros ámbitos de la vida.

En la grada también hay espacio para los rituales y los pequeños detalles que terminan convirtiéndose en parte de la historia personal de cada aficionado. En su caso, cada competición tiene su camiseta correspondiente y existe una regla inquebrantable: esa camiseta únicamente se utiliza los días de partido. Pero el Mundial de 2026 dejó además otro recuerdo físico que probablemente acompañará a Bernat durante muchos años: una gorra que fue decorando con diferentes pines comprados en las ciudades, estadios y lugares por los que pasó durante el campeonato. Cada pin representa un lugar, un partido o un momento, convirtiendo aquella gorra en una pequeña memoria portátil de todo el viaje.

Entre sus cánticos favoritos aparecen «Yo soy español, español, español», «A por ellos, oé» y, por supuesto, «España Cañí», una pieza que durante el Mundial terminó convirtiéndose prácticamente en el buque insignia de las retretas de Furia Española. Porque hay canciones que simplemente se escuchan y otras que adquieren un significado especial cuando cientos de personas las cantan juntas, y para Bernat, esos momentos en los que mira alrededor y ve a toda la grada participando forman parte de la esencia de lo que significa vivir a España desde dentro de Furia.

Para Bernat, España es mucho más que una camiseta o una Selección de fútbol. Es la gente que forma el país, su historia, su gastronomía, su clima, su naturaleza y todo aquello que muchas veces damos por hecho simplemente porque forma parte de nuestra vida cotidiana. Por eso, cuando contempla una grada llena de banderas españolas, vuelve a aparecer esa misma sensación que experimenta dentro de Furia: alegría por ver a personas diferentes unidas alrededor de algo común y la ilusión de que cada vez sean más quienes quieran acompañar a la Selección y llenar juntos las gradas.

Y si pudiera volver a elegir un único partido para vivirlo otra vez como si fuera la primera vez, la respuesta vuelve a llevarle al mismo lugar: la final del Mundial de 2026. La repetiría una y mil veces y, como él mismo reconoce con humor, esta vez lo haría con la tranquilidad de saber cómo terminó. Pero lo más importante es que no cambiaría la compañía. Volvería a vivirla con las mismas personas que estuvieron a su lado aquella tarde, porque cuando un partido adquiere una dimensión tan grande, la memoria termina asociando el momento no solo al estadio o al resultado, sino también a quienes compartieron contigo cada nervio, cada cántico y cada celebración.

Bernat fue, además, uno de los primeros en apostar por Furia Española. Es uno de sus 150 primeros socios, y por eso ha podido contemplar desde dentro una evolución que él mismo define como una auténtica locura. Recuerda aquellos primeros momentos, cuando antes del Mundial el proyecto rondaba los 500 socios y esa cifra ya parecía extraordinaria, y ahora mira alrededor y ve cómo aquella pequeña familia se ha convertido en una comunidad de más de 5.200 personas. Pero, pese a que las cifras puedan impresionar, para él el verdadero valor de Furia no se mide en números, sino en nombres, historias, amistades y personas que han aparecido en el camino.

Y precisamente ahí está el mensaje que Bernat quiere transmitir al resto de socios: Furia Española no debe entenderse únicamente como una forma de conseguir una entrada para ver a España, sino como una oportunidad para hacer comunidad, crear amistades y compartir una pasión que consigue juntar a personas que, probablemente, jamás se habrían conocido de otra manera. Porque una peña no crece únicamente cuando aumenta el número de socios, sino cuando cada persona que llega encuentra un lugar donde sentirse parte de algo.

Quizá por eso su historia encaja tan bien con lo que está viviendo Furia Española. Bernat comenzó viendo a España por televisión y soñando con estar algún día en un estadio, llegó a Qatar para cumplir aquel sueño, descubrió que quería seguir viajando, cerró su negocio para irse a una semifinal europea casi sobre la marcha, recorrió Estados Unidos para acompañar a la Selección y terminó sentado en las gradas del MetLife Stadium viviendo una final del Mundial junto a Furia Española. Y en cada uno de esos pasos fue encontrando algo que no aparece en ningún marcador: personas con las que compartir el camino.

Ahora solo queda seguir haciendo kilómetros. Seguir llenando estadios, seguir descubriendo ciudades, seguir cantando «España Cañí», seguir coleccionando pines para aquella gorra y seguir incorporando nuevos nombres a una familia que no deja de crecer. Porque todavía quedan muchos partidos, muchos viajes y muchas historias por escribir, y Bernat ya sabe que, cuando llegue la próxima oportunidad, probablemente volverá a hacer lo mismo que hizo aquella noche después de los cuartos de final de la Eurocopa: mirar las fechas, buscar el viaje, reunir a los suyos y ponerse en camino.

Porque al final, seguir a España no consiste solamente en estar presente cuando juega la Selección, sino en convertir cada partido en una historia que merezca ser contada. Y la historia de Bernat Segarra demuestra que aquel sueño infantil de ver algún día a España en directo puede acabar llevando mucho más lejos de lo que uno jamás imaginó: hasta Qatar, hasta Múnich, hasta las carreteras de Estados Unidos y, finalmente, hasta una final del Mundial en Nueva York, rodeado de Furia Española y formando parte de una familia que todavía tiene muchos kilómetros por delante.