Pepe reconoce que su popularidad durante el Mundial comenzó, en buena medida, por algo tan sencillo como su «poca vergüenza», una característica que probablemente sea imprescindible para terminar subiéndose a una tarima en la Casa de España de Atlanta con un bombo entre las manos cuando, hasta ese momento, jamás había cogido uno. Lo que empezó casi como una aventura terminó convirtiéndose en una de las imágenes que marcarían su Mundial, porque aquel bombo acabó acompañándole durante una travesía de 8 partidos y 40 días, convirtiéndose en parte inseparable de su manera de vivir a España.
Su historia con la Selección, sin embargo, comenzó muchos años antes. Hay que viajar hasta 1983 para encontrar su primer gran recuerdo, aquel histórico 21-1 ante Malta, una noche que quedó grabada para siempre en la memoria de varias generaciones de aficionados españoles y que, décadas después, tendría su continuación en otro momento histórico completamente diferente. Porque si aquel partido fue el comienzo de su relación emocional con la Selección, la final del Mundial de 2026 se convertiría en el capítulo más grande de todos.
Y es precisamente esa final la que Pepe coloca por encima de cualquier otro recuerdo. No duda cuando se le pregunta por el momento que más ha celebrado o emocionado en su vida: la final del Mundial de 2026, el partido que terminó entregando a España su Segunda Estrella y que él tuvo el privilegio de vivir después de haber acompañado a la Selección durante todo el camino. Pero hay algo todavía más especial en su respuesta, porque si pudiera volver a vivir aquel partido no cambiaría absolutamente nada: volvería a hacerlo rodeado de los mismos compañeros con los que compartió aquella aventura, junto a Furia Española y Marea, porque hay partidos que se recuerdan por el resultado y otros que se recuerdan por las personas con las que los viviste.
Entre todos los jugadores que han vestido la camiseta de España, Pepe tiene claro quién ocupa un lugar especial en su corazón: Andrés Iniesta, el hombre que marcó el gol más famoso de la historia del fútbol español hasta la llegada del gol de Ferrán. Y no es difícil entender la elección, porque Iniesta representa precisamente una de esas generaciones que enseñaron a todo un país que los grandes momentos no se explican solamente con estadísticas, sino con recuerdos, emociones y escenas que permanecen para siempre en la memoria colectiva.
Pero para Pepe, el Mundial de 2026 no fue únicamente fútbol. Fueron kilómetros, ciudades, estadios, encuentros, previas, canciones, camisetas, banderas y, sobre todo, personas. Fue encontrar en Furia Española aquello que buscaba cuando decidió hacerse socio después de conocer a otro integrante de la peña: gente con la que compartir una pasión. Y ahí está probablemente una de las claves de su historia, porque cuando habla de Furia no habla simplemente de una grada ni de un grupo de aficionados, sino de una forma de representar a España por todo el mundo, algo que, en sus propias palabras, es un orgullo «mu grande».
Esa sensación alcanza su máxima expresión cuando Pepe explica qué significa para él estar dentro de la grada. «Todos somos uno», resume, antes de añadir una idea que refleja perfectamente el espíritu de una afición que quiere crecer sin perder sus raíces: los veteranos tienen que guiar a los nuevos. Porque una grada no se construye únicamente con bombos, banderas o cánticos, sino transmitiendo una manera de vivir a la Selección de quienes llevan años viajando a quienes acaban de llegar, haciendo que cada nuevo socio encuentre su sitio y termine sintiendo que siempre ha formado parte de esta familia.
Y si hay un cántico que representa a Pepe, ese es el «lo-lo-lo-lo-lo-lo-lo, soy español», especialmente ese momento en el que toda la grada se agacha para después levantarse al unísono. Es difícil encontrar una mejor imagen de lo que significa una grada cuando consigue convertirse en una sola voz, porque durante unos segundos desaparecen las diferencias entre personas que vienen de ciudades distintas, tienen historias diferentes o incluso se conocen por primera vez y todos terminan haciendo exactamente lo mismo: cantar, saltar y celebrar que están allí para representar a España.
También hay rituales que ya forman parte de su equipaje. El sombrero mexicano de Guadalajara, el pañuelo de Atlanta y unos guantes de bicicleta que se han convertido en una herramienta imprescindible para evitar que el bombo termine pasando factura a las manos. Y, por supuesto, las camisetas de la Selección, porque Pepe tiene su propio código para los desplazamientos: camisetas de España durante los días previos y posteriores a cada partido y, cuando llega el día señalado, la camiseta roja de la Selección como uniforme de combate.
Entre todos los recuerdos de aquellos cuarenta días hay uno especialmente curioso que resume perfectamente su personalidad. En Atlanta, en la Casa de España, Pepe terminó subiéndose a una tarima con un bombo que jamás había tocado antes. Lo que podría haber sido simplemente una anécdota terminó convirtiéndose en una de esas historias que explican cómo se construyen los personajes de una afición, porque nadie nace sabiendo tocar un bombo ni nadie sabe de antemano qué papel terminará desempeñando en una aventura como aquella; simplemente hay momentos en los que hay que dar un paso adelante, coger el instrumento y dejarse llevar.
Y así fue como Pepe terminó formando parte del paisaje de Furia Española durante un Mundial que ya pertenece a la historia de la Selección. Trece partidos, cuarenta días y un recorrido completo hasta la final de Nueva York, viviendo cada etapa junto a una afición que convirtió cada desplazamiento en una fiesta y cada estadio en un pequeño rincón de España. Una aventura que para él tiene todavía más valor porque no la vivió solo, sino acompañado por todas esas personas que acabaron convirtiendo un viaje futbolístico en una experiencia que difícilmente podrá repetirse de la misma manera.
Cuando habla de por qué merece la pena formar parte de Furia Española, Pepe lo resume con una frase aparentemente sencilla, pero que explica perfectamente lo que hay detrás de esta familia: «Esto es algo superchulo y muy divertido incluso aunque no seas un fanático del fútbol». Porque quizá esa sea precisamente una de las grandes fuerzas de una afición como esta, que no hace falta vivir el fútbol de una determinada manera para formar parte de ella; basta con querer compartir, viajar, conocer gente, cantar, reír, sufrir y disfrutar de una camiseta que consigue reunir a personas de lugares muy diferentes.
Pepe quiere, además, que cada vez que Furia salga al mundo haya una idea que quede clara: que todos sepan que están ante aficionados españoles que sienten orgullo de representar a su país. No se trata únicamente de estar en un estadio, sino de llevar la bandera, la voz, los cánticos y la alegría de una afición allá donde juegue España, convirtiendo cada desplazamiento en una oportunidad para mostrar quiénes somos y de dónde venimos.
Y quizá por eso la historia de Pepe el del Bombo no termine realmente con la Segunda Estrella. Porque aquel Mundial cerró un capítulo, pero abrió muchos otros. El bombo seguirá sonando, el sombrero seguirá viajando, el pañuelo de Atlanta seguirá guardado como recuerdo y las manos seguirán necesitando esos guantes de bicicleta cada vez que toque animar durante horas. Y mientras haya una nueva ciudad, un nuevo estadio y una nueva camiseta roja esperando, Pepe volverá a estar allí, dispuesto a encontrarse con los mismos amigos y con todos aquellos nuevos socios que todavía están por llegar.
Porque al final, después de 8 partidos, 40 días y una Copa del Mundo, lo que queda no es solamente una medalla, una fotografía o un resultado. Lo que queda son las personas, las canciones, las noches interminables, los kilómetros compartidos y la sensación de haber formado parte de algo que será imposible volver a vivir exactamente igual.
Pepe fue al Mundial para acompañar a España y terminó regresando siendo parte de la historia de Furia Española. Con su bombo, su sombrero, su pañuelo, sus guantes y, sobre todo, con esa poca vergüenza que él mismo reconoce como culpable de buena parte de sus aventuras, se convirtió en uno de esos aficionados que demuestran que detrás de cada camiseta hay una historia y que detrás de cada grada hay personas dispuestas a recorrer el mundo entero por una pasión. Y cuando vuelva a sonar el bombo, cuando vuelva a escucharse el «soy español» y toda la grada vuelva a levantarse al mismo tiempo, allí estará Pepe, como estuvo durante aquellos cuarenta días, recordándonos que acompañar a España no consiste solamente en ver un partido: consiste en vivirlo.
